• 23 septiembre, 2019
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Todo es una cuestión de hormigas

Todo es una cuestión de hormigas

Hace años, mientras tomaba algo en una terraza de un bar, un niño muy pequeño, dos o tres años, se había parado justo encima de un reguero de hormigas, de modo que estas empezaron a subirse por sus piernecitas. El niño empezó a llorar y el padre llegó, se las sacudió y le dijo que las pisara para que no volvieran a subirsele, “malas, malas” decían niño y papá.

A mí me pareció terrible, por lo que significaba.

A mi hijo le enseñé que ante todo está el respeto, tanto a sus semejantes como al resto de animales, incluidas las hormigas. Entre el “mátalas por malas” a “la culpa la tienes tú por ponerte encima de su camino y no las pises que no te han hecho nada”, hay un abismo, y una gran lección para la vida, porque no es necesario irse a África a salvar rinocerontes blancos para educar en el respeto.

Foto: Hans
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Eso no quiere decir que, cuando empecé a ver que en mi cocina empezaban a aparecer algunas hormigas exploradoras, unas cuantas cayeran en acto de servicio. De pequeño había vivido lo que era encontrarse un reguero de hormigas por las mañanas en la cocina, y descubrir cientos de ellas en los paquetes de azúcar, de colacao, y de cualquier cosa que te pudieras imaginar por muy cerrado que estuviera.

Hasta que un día descubrí que habían tomado el cajón del azúcar y la miel, hasta el punto de que había hasta huevos en una esquina. Tal vez algunos me critiquéis, pero por mucho que abogue por la preservación de la naturaleza, me gusta mantener el derecho de admisión en mi casa. No soy muy pejiguero con las arañitas que van dejando telas colgantes en las esquinas del techo, pero las hormigas… eso no.

Así que me fui de compras al supermercado y miré en la parte de productos antiinsectos. Y me quedé pasmado al coger algunas de las cajas trampas para hormigas: “Producto revolucionario que mata a toda la colonia, incluso a la hormiga reina”, “Las hormigas lo llevan a su colonia acabando con todas en muy poco tiempo”.

Debo decir que me pareció de un ensañamiento un poco gratuito. Yo no quería matarlas a todas, solo me bastaba con que se fueran de mi cajón.

Afortunadamente, también encontré un repelente electrónico. Según la caja, generaba una señal molesta solo para las hormigas, con lo que se iban. Así que ahora hay un pequeño aparatito más enchufado en mi cocina, de momento.

A veces, para explicar las grandes cuestiones de la vida, basta con mirar las pequeñas cosas que nos rodean, porque, todo es una cuestión de hormigas.

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Bloguero y divulgador de temas de naturaleza.

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