Película Antarctica y Bajo cero: La aventura de Taro y Jiro

La historia Estados Unidos había frenado las ansias expansionistas de Japón al vencerles en la II Guerra Mundial. Tras su rendición el 2 de septiembre de 1945, el imperio Japonés fue disuelto y su territorio ocupado por los Aliados hasta abril de 1952. Durante ese periodo se produjeron cambios radicales en la organización política, social y económica del país nipón. La llamada "época de posguerra" trajo un gran desaliento y desmoralización en todo el pueblo japonés que pasó de ser un país orgulloso cuya supremacía militar era proclamada por el gobierno a los cuatro vientos a ser un país derrotado, destruido por los bombardeos, sin industria y hambriento por los años de guerra y malas cosechas. Los países ocupantes crearon un estado nipón a la imagen occidental, pero también protagonizaron muchos casos de violaciones, malos tratos y censura que sumieron a toda la sociedad en un hastío del que no parecía haber salida. Dentro de ese contexto, una expedición a la Antártida parecía difícil y poco importante, pero se apareció como la manera de volver a situar a Japón en el mundo y marcar el final del período de posguerra. Se convirtió, pues, en toda una cuestión de orgullo nacional. El problema del desplazamiento no era un asunto menor. El trineo era sin duda la mejor opción en esos momentos, pero en Japón no hay tradición de perros de tiro. Como todos los recursos debían ser puramente japoneses no se paró hasta encontrar 15 perros de una raza autóctona acostumbrada al frío, los Sakhalin Husky (también conocida como Karafuto-Ken) para formar parte de la expedición. En 1957 partió un grupo de científicos que pasó allí el primer año, pero al llegar el momento de ser relevados por el segundo equipo, el tiempo empeoró y el rompehielos Soya, en el que viajaban, quedó atrapado en el hielo muy lejos de la base japonesa. En avioneta pudieron rescatar, in extremis, al equipo humano que quedaba en la base, con la esperanza de que el segundo equipo pudiera llegar a la base cuando mejorara un poco el tiempo, pero eso no ocurrió y la escasez de combustible les hizo tener que desistir y volver a Japón. La vuelta de la expedición causó una gran conmoción social, agravada por la noticia de que los perros se habían quedado bien atados fuera de la base. La decisión de ajustarles los collares para que no escaparan mientras llegaba el segundo equipo, les había condenado, al final, a una muerte segura por inanición. La noticia corrió por todo el país y hubo numerosos actos en memoria de los perros en sus regiones de origen. Pero no podían rendirse sin más y al año siguiente regresaron a la base.

Monumento en la torre de tokyo

De todos los perros, siete no habían podido soltarse y habían muerto atados a las cadenas, mientras que de los ocho restantes, seis nunca se encontraron y solo dos lograron convertirse en símbolos para todo el país al aparecer por las inmediaciones de la base. Taro y Jiro, hermanos y originarios de la ciudad de Sapporo, se convirtieron en leyenda.

Monumento en la torre de Tokyo

Taro regresó a su ciudad de origen y vivió en la Universidad de Hokkaido hasta su muerte en 1970. Jiro murió de causas naturales en la Antártida en 1960. Pero todos fueron inmortalizados en estatuas repartidas por todo el país.

Las películas

Cuento de la Antártica, una historia a fuego lento

Nankyoku Monogatari, es una producción japonesa de 1983 dirigida por Koreyoshi Kurahara y protagonizado por Ken Takakura, un actor muy conocido en Japón que ha participado en más de 140 películas. Fue una producción de mucho éxito en Asia con una recaudación de más de 50 millones de dólares. En EEUU se estrenó un año más tarde con el nombre de Antarctica.

La música es un elemento imprescindible para conseguir el ambiente sobrecogedor de la Antártida en invierno y corre a cargo de un grupo que acababa de realizar otra banda sonora histórica, Blade Runner. Ell grupo, claro está, es Vangelis.

Como es habitual en el cine japonés, el ritmo es más lento de lo que estamos habituados en occidente y las secuencias del paisaje helado junto a la música siempre envolvente de Vangelis ocupan gran parte del metraje, dando la impresión, en ocasiones, de estar viendo un documental. Esto, que a ciertas personas les puede exasperar, permite que la trama se vaya cociendo a fuego lento y todo transcurra sin grandes picos emotivos pero profundizando en la conciencia de los dos personajes directamente implicados en el abandono de los perros. Ochi y Shiota, los cuidadores de los animales durante su permanencia en la base, se sienten culpables porque la decisión de apretar los collares para que no se escaparan hasta la llegada del siguiente grupo, condena a los perros a una muerte horrible por inanición. Ambos suplican al capitán del barco poder realizar dos viajes para traer a todos de vuelta, y si no es posible, un solo viaje para envenenarles y darles así al menos una muerte menos dolorosa. La situación en el barco es tan límite, que esperar más tiempo pondría en peligro la supervivencia de todos. No hay nada que hacer.

La parte central de la película transcurre en dos escenarios; la Antártica, donde los perros luchan por sobrevivir, y Japón, donde Ochi y Shiota no pueden calmar su conciencia y todo les recuerda a los perros abandonados. ¿Por qué se sienten culpables? La respuesta se la da Shiota a una periodista extranjera: “eran nuestros compañeros”. En la base, los perros eran tratados como tales, incluso con cierta dureza, pero se les respeta por lo que son y por el trabajo que realizan. Como veremos en la versión americana, los perros deben salvan la vida de los científicos para justificar el comportamiento posterior de los humanos, aquí no hace falta. Ochi y Shiota sufren, de verdad, por no haber cumplido con el deber de salvar a sus compañeros y por la muerte tan cruel que les habían proporcionado.

Shiota abandona la Universidad y recorre el país pidiendo disculpas a todas las familias que habían donado su perro para la expedición. Recorremos junto a él todo su camino de expiación y aprendemos juntos, por el camino, que hubiese sido un error envenenarlos pues “todas las vidas son iguales” y se merecen poder luchar por ella.

Pasar el invierno en la Antártida no es fácil, y los perros sufren. Una voz en off nos ayuda a ir avanzando en la historia porque los perros se relacionan y actúan como perros, es decir, corren, juegan, cazan, se asustan… Como en toda la película, hay pocas escenas gratuitas y todas van encaminadas a ver las dificultades por las que están pasando. La muerte acecha a todos, y todos luchan por sobrevivir.

Al año siguiente, Japón prepara una nueva expedición a su base Antártica y Ochi y Shiota  están en ella. Regresan porque deben ver por sí mismos qué ha pasado con los perros. Todo el mundo les ha dado por muertos y los homenajes se han sucedido por todo el país, pero ellos deben verlo por sí mismos.

Un buen final es aquel en el que no hay que explicar nada. Nos han sabido contar la historia de modo que hemos estado junto a ellos en todo el proceso. Llegados a este punto, no es necesario que nos cuenten lo que sienten, porque nosotros sentimos lo mismo. Eso es lo que ocurre en Nankyoku Monogatari.

Bajo cero, una película de perros, sin perros.

Eight Below, por su parte, es una película de la factoría Disney del año 2006 dirigida por Frank Marshall ( ¡Viven!, Congo) y protagonizado por Paul Walker ( Fast & Furious). Con un presupuesto de unos 40 millones de dólares, se estrenó en España el 28 de abril de ese mismo año con el nombre de Bajo cero.

El productor de Hollywood, David Hoberman, vio la película japonesa y se quedó prendado por la historia. Lástima que el paso por las manos de Disney y de David DiGilio, un joven escritor del programa Escritores Nuevos de Disney, desvirtuara tanto el original. Todo podía haber quedado en un cajón si Frank Marshall no lo hubiera leído y se hubiera animado a realizarla.

Bajo cero tiene muy poco de la historia real y de la versión japonesa. Es una adaptación muy libre con todos los clichés de las películas de Hollywood, más todos los ingredientes de lo que ellos consideran que deben ser las películas para toda la familia.

Hay un héroe, Jerry Shepard, guía y dueño de los perros de trineo, una chica, ex-pareja de Jerry (¿por qué debe haber siempre una historia de amor aunque no aporte nada?), un científico inexperto al que los perros salvan de morir congelado y el personaje cómico, Cooper, cartógrafo y típico graciosillo al que matarías el primer mes si tuvieras que compartir el pequeño espacio de una base en el Polo Sur y que está interpretado por Jason Biggs ( American Pie, todas las partes).

La película está rodada en Canadá, intentando recrear, sin éxito, las condiciones antárticas. No dudo que allí también hiciera mucho frío, pero casi todas las escenas están rodadas en estupendos y despejados días que invitan a ir a esquiar. El tiempo que los perros pasan allí solos no crea demasiada inquietud y se entiende bien el hecho de que sobrevivan casi todos. Tal vez le quisieran quitar dramatismo, pero lo que pierde es fuerza e interés.

Como ya adelanté antes, al principio de la película los perros salvan la vida del científico inexperto, con el único propósito de justificar que éste destine algo del dinero que le ha sobrado de la beca de la Universidad para volver a rescatarlos. Es curioso, porque en la base los perros son tratados como humanos, sentados en los sillones y jugando al póker, pero a la hora de la verdad, a todos les importan muy poco. Incluso Jerry, el más afectado de todos (aunque a veces no lo parezca mucho) está a punto de rendirse hasta que el criador de los perros, un indio del Yukon, le dice: ” lo importante es que encuentres algo que permita calmar tu conciencia”, vamos, que ir a por los perros para salvarlos es lo de menos.

El maltrato de los animales se produce porque se parte de la base de que son seres inferiores a nosotros. Ese sustrato está en todos, aunque aflore de formas diferentes. Por ejemplo, no respetar a perro por lo que es, sino que sea necesario humanizarlo, es en realidad una falta grave de respeto. Puede hacerse con buena intención, pero igualarle a un ser humano es menospreciar su condición canina, que, por otra parte, no tiene por qué ser peor.

En la versión japonesa no se les pone a jugar al póker pero se les trata como compañeros, mientras que la versión americana les humaniza profundamente, pero luego no merecen ser salvados.

Preparándome este artículo, leí unas declaraciones del guionista David DiGilio que me dejaron estupefacto. Hablaba de cómo había profundizado en el conocimiento del lenguaje canino y de sus estructuras de manada. Es increíble porque en la película hay un total desconocimiento de ambas cosas. Es más, estoy plenamente convencido cuando digo que en la película no hay perros, pues no reconozco ninguno de sus comportamientos.

Parece como si lo hubiesen escrito pensando en un grupo de humanos, y a última hora le hubiesen hecho cambiar los personajes por perros. La cinta está llena de absurdeces pero sin duda hay una antológica. Cuando los perros, ya abandonados, encuentran una bandada de gaviotas, la perra líder, Maya, se pone enfrente de los demás y les explica el plan con 4 ladridos. Todos la entienden a la perfección, claro, y cuando salen corriendo, para al miembro más joven y le ladra 3 veces. No se sabe por qué extraña razón no le deja ir a cazar, puesto que en la naturaleza es una actividad que realizan todos salvo los cachorros. Los humanos podrían dejar atrás al más joven e inexperto, los perros no se meten en esas cuestiones.

No sé cómo explicar la gran tontería que significa convertir los ladridos en un “lenguaje perruno” con capacidad de hacer frases complejas. Ni siquiera se puede justificar como licencia dramática, en realidad se trata de tener que contar una historia con perros y no saber ni por donde empezar.

La estructura jerárquica es simplista y nos muestra a una líder, Maya, que es sustituida curiosamente por el más joven en un ejemplo de superación personal ante las adversidades. Una historia muy americana pero que poco tiene que ver con los perros. Los gestos de sumisión y dominancia habituales no les debieron de parecer políticamente correctos a la gente de Disney y todo quedó en un ridículo ir y venir de gaviotas muertas y reverencias a lo Luis XVI.

Una cosa es cierta, el nivel de adiestramiento de los perros es espectacular. Demasiado espectacular. De hecho me molesta mucho notar como el perro mira al adiestrador constantemente en espera de instrucciones o como notas el momento justo en que la recibe y empieza a hacer el ejercicio ensayado. En otras películas de perros no se nota tanto, pero en esta es constante.

Si de la versión original japonesa hablamos de cocción a fuego lento, Eight Below está cocinada en el microondas. Todo es tan light, que incluso el final es insulso. No saben ir creando la emoción poco a poco y todo va como a trompicones. De acuerdo que querían hacer una película para que la veas con tus hijos un sábado por la tarde, pero, con perdón, mis hijos también se merecen algo mejor, y con el dinero y los medios utilizados, podían haberlo hecho.

Nankyoku Tairiku, al más puro nacionalismo japonés

En otoño del 2011, la cadena de tv japonesa TBS, emitió una serie de alto presupuesto sobre el viaje a la Antártida. Está dirigida por Fukuzawa Katsuo y protagonizada por un largo elenco de actores.

Está compuesto por 10 episodios de más de una hora y hay que reconocer que su factura es espectacular. Las recreaciones del Japón de posguerra, las acciones con decenas de extras, las escenas en el Soya…sin duda nos muestran una gran producción.

Hay que destacar cómo reflejan la situación del país en ese momento histórico, como hemos explicado al principio, y cómo la expedición es una cuestión de orgullo nacional, pero es terriblemente chovinista. La situación del Japón actual no está en su mejor momento de las últimas décadas y esta producción parece querer ensalzar la unión del pueblo japonés para salir de las dificultades.

Está llena de momentos melodramáticos, de exaltaciones del valor nacional, de discursos en los que se apremia a todos a trabajar para demostrar al resto del mundo el orgullo del pueblo japonés, en fin, unas consignas difíciles de asimilar para un público extranjero, lo cual es una lástima porque repito que técnicamente tiene buena pinta.

Para terminar

La historia de Taro y Jiro no deja de demostrarnos la gran capacidad de adaptación de estos animales que a veces sobreviven también, a pesar del ser humano.

Acerca de Patricio Jiménez (132 Artículos)
Bloguero y divulgador de temas de naturaleza.

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