La revolución ecologista

En una pincelada anterior, vimos cómo el lobo era víctima de las dos causas principales de que hace 12.000 años el ser humano pasara de cazador/recolector a ganadero/agricultor: el distanciamiento del medio natural y el utilitarismo de animales y plantas. 

El bosque fue el núcleo y el origen de todo lo maligno y diabólico hasta bien entrado el siglo pasado. Todas las cosas malas o mágicas sucedían en las pocas zonas que eran aún naturales, que aún no habían sido dominadas del todo por el ser humano. El lobo, como inquilino de las zonas más intrincadas de los bosques y las montañas, seguramente obligado por la presión humana, reforzaba esa idea de ser relacionado con el infierno recogiendo la tradición mitológica europea, como vimos la semana pasada. 

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Pero también tiene un lado protector que se combina a veces sin ningún pudor. Así, son frecuentes los rituales del lobo en relación al espíritu del cereal, desde Roma a centroeuropa, existiendo en la Prusia oriental la creencia de que si los segadores veían un lobo con el rabo levantado era signo de una eminente desgracia, pero si lo llevaba colgando y relajado, era signo de buenaventura. El lobo era, pues, mensajero del bien y del mal.

Es a partir de la segunda mitad del s. XX, cuando los avances de la ciencia, los movimientos ecologistas y una paulatina secularización de la sociedad se combinan para empezar a desandar los caminos del desconocimiento y la utilidad de la naturaleza. Por primera vez en 12.000 años, empezamos a reconocer que los animales son inteligentes y capaces de tener emociones. Estudiamos para conocerlos a ellos, no para entendernos mejor a nosotros mismos.

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Por primera vez, nos estamos sacudiendo las teorías conductistas que tanto daño han hecho al simplificar la mente animal a un mero receptor de estímulos y creador de respuestas automáticas. Ahora empezamos a entender, pero sobre todo a aceptar, que los animales sienten, tienen procesos mentales complejos y formas de aprendizaje que van más allá de los premios y los castigos.

Por otro lado, también comprendemos que los ecosistemas son un entramado de hilos que mantienen todo en equilibrio, y por lo tanto cada elemento es fundamental per se. Cada vez más voces reconocen que el medio natural debe conservarse por el bien del planeta, y no solo para beneficio del ser humano a corto plazo.

50 años frente a 12.000. Esas son unas cifras a tener en cuenta. Es natural que los conservacionistas nos desesperemos ante muchas actitudes, pero lo que está ocurriendo ahora es una auténtica revolución. Cómo gestionemos el hecho de dar derechos a los animales que nos comemos o cómo evitamos que algunos movimientos animalistas den pasos hacia atrás, es lo que aún está por ver. 

Patricio Jiménez

Culturaanimal.es

Acerca de Patricio Jiménez (157 Artículos)
Bloguero y divulgador de temas de naturaleza.

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