En el libro Dos mujeres en Praga, de Juan José Millás, podemos leer este pasaje:
Recordó un día, hacía veinte años, en el que al asomarse con semejante expresión a la de ahora había visto un nido de gorriones situado en el cruce entre dos ramas. Había gritado a Antonia para que se levantara de la cama y se acercara a ver el espectáculo. Y los dos observaron el comportamiento de cuatro pájaros pequeños dentro de aquel artefacto natural llamado nido y se quedaron asombrados de que cosas así pudieran suceder todavía en Madrid.

Miles de aves de decenas de especies crían cada año en cualquiera de las ciudades del mundo, compartiendo espacio, a pesar de que nosotros somos totalmente ajenos a lo que ocurre, a veces, a nuestros pies.
En el mundo rural no es mucho mejor, y el desconocimiento unido a las supersticiones y a las creencias «de toda la vida» hacen que permanezcan de espaldas a todo lo que ocurre fuera de sus calles.
Como dice el veterinario y escritor Jean-Noël Rieffel en el prólogo de su maravilloso libro Elogio de las aves de paso,
La observación de las aves es innegablemente un estado de poesía. La práctica de la ornitología es un placer sencillo, accesible a todos.
Así que nada mejor para celebrar el día de las aves que salir al río de su pueblo o al parque de su ciudad y dejar que los sentidos encuentren el movimiento y los cantos de todas esas aves que, aunque no lo sepas, están ahí, compartiendo su día a día con nosotros.



















