Tauromaquia

Es posible que este post sea uno de los más controvertidos que he escrito nunca, pero hasta que nuestros gobernantes consigan acabar con la libre opinión en internet, de momento voy a aprovechar la libertad que me brinda el no depender de este blog para vivir. No pretendo hacer una defensa ni una crítica del mundo de los toros. Estoy convencido de que hay buenos argumentos tanto para una cosa como para la otra y yo soy el primero incapaz de negarle la razón a quién me esgrime alguno de ellos. Pero como me gusta intentar llegar siempre al fondo de las cosas, creo que es una cuestión que trasciende lo que ocurre en la plaza.

Mi padre es aficionado a los toros. Extremeño de nacimiento y de una generación en la que no había muchas opciones de ver espectáculos allá en los pueblos, así que las plazas de toros eran su ópera y su cine.

De niño, la economía no nos permitía ir a las plazas pero vi muchísimas corridas por televisión, escuchando y aprendiendo de los comentarios de mi padre. Es cierto que me llamaba la atención, pero también lo es que mi madre debía engañarme diciéndome que los toros no morían, sino que los dormían y reanimaban dentro para que volvieran a salir, porque en el momento de la muerte me entraba una pena profunda e inconsolable, de esas que solo le entran a los niños las primeras veces que sienten el vacío de las cosas que se pueden perder para siempre.

Con la edad, los toros descastados y la pérdida de la batalla del espectáculo frente al clasicismo del toreo, fui perdiendo interés por la fiesta, aunque siempre mantuve algo de esa pena cuando les veo agonizar expulsando sangre por la boca.

A primeros de mes, y después de estar mucho tiempo cerrada, me llegaron noticias de una corrida de toros en la plaza de mi pueblo. Más por hacer algo junto a mi padre que por ganas de ver toros, me decidí a comprar unas entradas e invitarle. Creo que en toda mi vida solo he visto tres corridas en directo, y las dos primeras fueron hace muchísimo tiempo, así que para mí fue casi como una primera vez.

No es lo mismo la sensación de estar en una plaza pequeña, en la que casi puedes oler al animal, que por televisión, donde podrían ser efectos especiales y ni siquiera estar delante del toro. Y eso me hizo pensar. Y me hizo darme cuenta cómo toda plaza contenía el aliento ante el traspiés del torero en la cara del toro, cómo todo el mundo aplaudía ante los esfuerzos del picador por contener sus embestidas o cómo el torero mantenía el tipo cuando en mitad de la embestida el bicho se paraba y giraba el pitón a escasos centímetros de su cuerpo. A unos pocos metros de mí, una persona se estaba jugando la vida, y sin quererlo no pude evitar pensar en los gladiadores romanos o en las peleas entre animales salvajes y forzudos en la Edad Media, David y Goliat, la fuerza bruta y salvaje frente a la inteligencia del más débil.

Y es que si despojamos a la tauromaquia de cualquier connotación política y social y vamos a la esencia, lo que queda es la lucha de un animal y un ser humano. Una lucha muy presente en nuestra historia cuando aún pugnábamos con ellos por comida, por territorio o por pura supervivencia, pero un enfrentamiento innecesario en nuestra sociedad donde conseguimos la comida de los supermercados y los animales han perdido por completo la guerra del territorio y solo viven dónde y cómo les permitimos. Por eso ahora no nos atrae ver a un hombre y a un animal enfrentándose, ya sabemos quién ha ganado. Estamos tan acostumbrados a que nada sea real; ni las noticias, ni las relaciones, ni los espectáculos, que ver a alguien jugarse la vida de verdad, ahí, a pocos metros, y matar a un animal delante de nosotros, sin la asepsia del martillo mecánico o la corriente eléctrica, nos parece obsceno. Y puede que tengan razón.

La duda que a mí me genera el rechazo, que yo mismo siento, ante la muerte de un animal en vivo delante de mis ojos, es hacia dónde nos dirigimos en la sociedad occidental, (pues el mundo es mucho más grande y en otros lugares la muerte sigue acechando al hombre a cada minuto), hacia dónde vamos creando una sociedad tan aséptica, tan reglada, tan controlada, donde cualquier cosa que huela a improvisación o a políticamente incorrecto es perseguido y prohibido y donde desaparece la tolerancia y todo es conmigo o contra mí.

Siempre que leo libros sobre sociedades futuras, como 1984 o Fahrenheit 451, pienso en cómo se llega ahí, pues sería imposible prohibir los libros mañana, pero con pequeños cambios y tiempo todo es posible. Vale, habrá quién me diga que no es lo mismo los libros que los toros, pero ¿bajo qué criterios se decide que algo es más o menos importante? ¿quién elige esos criterios?
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Acerca de Patricio Jiménez (132 Artículos)
Bloguero y divulgador de temas de naturaleza.

2 Comentarios en Tauromaquia

  1. Totalmente de acuerdo

  2. Reblogueó esto en Páginas en la Nubey comentado:
    Un artículo de Patricio sobre los toros. Una inteligente reflexión.

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