¿Por qué se abandonan perros?

A veces pensamos que las personas que abandonan perros son seres crueles que visten de negro y tienen verrugas en la nariz, pero la realidad es que nos sorprenderíamos si conociéramos quienes están detrás de dejar un perrito en una protectora.

Entender esto es el primer paso para conseguir reducir el abandono, condición sine qua non, para paliar la penosa situación que viven muchos de estos animales. Hoy os presento uno de estas situaciones.

CRÓNICA DE UN ABANDONO ANUNCIADO

Sara y Luis son una pareja normal. Rondan los 30, no tienen hijos, aún, y son personas comprometidas con su entorno y con la época que les ha tocado vivir. Son pareja desde hace bastante tiempo y viven juntos desde hace tres años. Los dos trabajan, lo cual en estos tiempos es una suerte, y se sienten seguros, por lo que deciden que ¿Por qué no tener un perrito?
Sara y Luis tienen claro que lo mejor es adoptar, pues es una pena comprar uno con todos los que abandonan esos desalmados que hay por ahí. Así que un sábado por la mañana se deciden a visitar una protectora cerca de su casa a ver qué encuentran. No es fácil, porque Sara se los llevaría a todos, pero eso no es posible, así que se dejan aconsejar por el personal de la protectora que les enseña un pequeño podenquito blanco, asustado y enclenque que se encoge en la esquina del canil. Sara mira a Luis con cara de galguito el ultimo día de la temporada de caza, y este no puede evitar asentir, aunque ya le había echado un ojo a un pastor alemán de pelo largo de tres jaulas más allá.
El podenquito se llama Lucas y en un par de visitas coge la confianza necesaria para que se lo puedan llevar a casa con la conciencia llena de buenas sensaciones.
Van pasando los días y Lucas ya se mueve por toda la casa, pues al principio no se movía prácticamente de debajo de la mesa. Ahora está más confiado con su nueva familia y reclama mimos, que Sara y Luis le dan con entusiasmo pues vete a saber qué cosas habrá pasado el pobrecito.
En la calle sigue muy precavido con los ruidos, aunque ya se va atreviendo a jugar con algún perro. A otros les gruñe, no le gustan. El problema es que cuando está jugando no se acuerda de nadie y le cuesta acudir a la llamada. Tienen que engañarlo haciendo que se van para que Lucas vaya corriendo hacia ellos, aunque lo cierto es que ya se va aprendiendo el truco y a veces ni por esas.
Pasa el tiempo y la vida de Sara y Luis se va amoldando a Lucas, o más bien, a los caprichos de Lucas. Cada día deben echar encima del pienso un yogur o algo de carne para que se lo coma, porque si no, no quiere comerse el pienso. Tampoco pueden usar ya el sillón orejero porque ha sido “tomado” por Lucas que se ha vuelto muy posesivo con sus cosas. Los pises los aguanta bien salvo el primero de la mañana, que siempre aparece  en forma de charco al lado de la puerta de la cocina, y los paseos, bueno, con armarse de paciencia y no tener prisa por volver vale, pues es Lucas el que decide cuándo se acaba el paseo y es hora de volver a casa. Luis y Sara no hablan de ello, pero en el fondo tienen la sensación de que no controlan lo que hace el perro, que éste va bastante por libre, a pesar de que les reclama los mimos puntualmente. Pero ¿Qué le van a hacer? No pueden negarle nada, pobrecillo, lo que habrá sufrido en la vida. Y total son pequeños inconvenientes que se sobrellevan bien.
Lucas lleva un año en aquella casa y prácticamente se ha olvidado ya de su vida anterior. Durante ese tiempo se ha acostumbrado a imponer su voluntad. Está tranquilo y confiado, pero un día se respira cierto nerviosismo en la casa. Sara y Luis han decidido tener un hijo, es lo natural, aunque no se lo habían propuesto tan pronto. Pasado las emociones del principio, la incertidumbre y la confirmación con el ginecólogo, Sara se sienta en el sillón orejero en el que está más cómoda y Lucas le gruñe. Es un gruñidito de desaprobación, porque ese lleva un año siendo su sillón, y todo lo que Sara le cuenta señalándose la barriga es absolutamente incomprensible para él. Es solo un gruñidito pero es el comienzo de todo un proceso mental, de desconfianza mezclada con instinto maternal que desemboca en una conversación de pareja. ¿Qué pasará cuando llegue el bebé? Lucas es muy posesivo, tira de la correa y los paseos se hacen eternos. Aun se mea en la casa y no pueden estar comprando filetes y yogures para el perro, con el niño no. De repente, lo que antes era una pequeña incomodidad se convierte en un obstáculo difícil de sortear. Un niño conlleva más trabajo y más gastos y sobre todo eso sobrevuela la gran duda ¿Y si le hace algo al bebé?
Sus amigos lo tienen claro, antes de nada está el bebé. Pero no se trata de abandonar a Lucas de cualquier manera, ellos lo quieren. Así que hablan con algún amigo para ver si conocen a alguien de confianza que quiera un perro y lo cuide bien, alguien con parcela que seguro que es más feliz que metido todo el día en un piso. Pero nadie quiere un podenquito, y menos los amigos, que ya lo conocen y han tenido que aguantar en el parque, helados de frío, a que el perrito decidiera volver. Por eso, con todo el dolor de su corazón, deciden llevarlo a otra protectora. Es lo mejor, se dicen, no tienen alternativa, lo primero es el bebé, lo hacen por él. Cuando sea más mayor y todo se estabilice volverán a adoptar otro, porque al niño le vendrá bien, le hará ser responsable. Pero ahora no. Ahora lo mejor, también para Lucas, es que lo adopte una familia que pueda cuidarlo, que tenga parcela o mas perros con los que compartir juegos.
Un lunes por la mañana, Luis y Sara, embarazada ya de 7 meses, llevan a Lucas a la protectora. Llorarán hasta llegar a casa.
A partir de aquí, la suerte de Lucas es incierta. Por supuesto no entiende nada, es otro abandono, sea por lo que sea, y además ahora ya no está tan asustado ni es tan joven. Ahora ya es adulto, por lo que su adopción es más difícil, y además ha adquirido una serie de vicios en estos años con Sara y Luis, que va a depender de la experiencia de sus posibles adoptantes con perros para que se queden con él o no. Muchos perros como Lucas se convierten en carne de protectoras y albergues, pues se van haciendo mayores y su mala educación se convierte a veces en motivo para que no pasen el periodo de prueba y sea devuelto una y otra vez.
La historia de Sara, Luis y Lucas, sin estar basada en una historia concreta, es por desgracia una situación muchas veces repetidas. La relación que se establece a menudo con los animales, sobre todo con los que son recogidos, está basada en la lástima y no en el respeto, y no se puede educar a nadie con lástima. No educar correctamente es poner en riesgo la felicidad del propio perro porque él no necesita que le tengan pena, lo que necesita es que le enseñen a comportarse en nuestra sociedad, que le enseñen a frustrarse para que no sufra cuando no tiene lo que quiere, a alimentarse adecuadamente y a relacionarse con todo el mundo de forma sana. Entonces será feliz.
De los más de 100.000 perros abandonados cada año en España, el perfil de un alto porcentaje de dueños que dejan a su perro en protectoras se parece mucho a Sara y Luis. Siempre hay motivos, a veces muy comprensibles, pero lo cierto es que no dejan de ser abandonos y aunque las campañas para fomentar la adopción son muy importantes, como no paremos también la hemorragia de los abandonos, no conseguiremos nada. Pensemos a futuro, eduquemos y trabajemos con nuestro perro, pues el abandono debe ser, siempre, la última opción y solo en casos muy extremos. Si no se está seguro es preferible no tener perro o, en todo caso, convertirse en casa de acogida para perros sin hogar. De este modo colaboramos en paliar el problema y no en aumentarlo.

Acerca de Patricio Jiménez (146 Artículos)
Bloguero y divulgador de temas de naturaleza.

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