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Cómo conocí a Caperucita

Cuando la mente está muy ocupada con muchas cosas a la vez, hay informaciones, imágenes, que no se procesan en ese momento, sino después, en el autobús o cuando te sientas en el sillón al final del día. Así conocí yo a Caperucita.

Hace unos días, me ofrecí a realizar un pequeño recorrido por el el parque, detrás de su colegio, a una clase de niños de 3º de primaria del cole al que va mi hijo. La idea era que vieran que, en el parque al lado de su casa, podían ver fauna salvaje sin necesidad de prismáticos ni grandes conocimientos previos. Y fue un éxito. Una mañana soleada de finales de otoño pudimos ver urracas, abubillas, palomas, mirlos, gorriones, pero también llegaron a ver pito real, herrerillo capuchino, carbonero común, petirrojo… Los niños, de unos 8 años, se agolpaban a mi alrededor, algunos más distraídos, otros queriéndome demostrar cuánto sabían de animales, otros cosiéndome a preguntas:

— ¿tú conoces al pájaro papilla?, Es que en casa tengo un pájaro que mi padre dice que es papillero.

Y entonces, cuando íbamos de vuelta por una zona de árboles donde había explicado un poco sobre las aves de bosque, apareció ella. Era más pequeñita que el resto de la clase, rubia, con gafas que amplificaban unos profundos ojos azules. No me había fijado en ella en todo este tiempo, se había quedado dentro del grupo de veinte niños, sin destacar. Hasta que se puso en primera fila y entre la algarabía de los niños de alrededor, me dijo:

— Los bosques son oscuros y por eso los lobos viven en los bosques.

— Bueno, los lobos viven donde puedan ocultarse para que no los matemos, ahora se suben arriba, a las montañas.

Gustavo Doré

Fue por la tarde, en casa, cuando su rostro serio y temeroso volvió a mi mente sin saber por qué. Algo se me había quedado en el subconsciente que pedía salir. No me había hablado igual que el del papillero, sino que en realidad no era una pregunta, sino casi una advertencia. No vayas al bosque, allí se esconden los lobos. Cuando yo respondí lo primero que se me pasó por la mente, su reacción tampoco fue la que me esperaba. En lugar de hacerme alguna pregunta sin relación o de simplemente darse la vuelta y volver con sus amigas, su rostro se torció en un gesto contrariado, sin saber muy bien qué parte de mi frase le había sorprendido tanto, si el que diera poca importancia al peligro de los lobos, que dijera que viven en las montañas o en que eran ellos los que huían de nosotros para que no los matáramos.

Volvió a decir, con la misma cara seria:

— Pero, los lobos viven en los bosques oscuros.

— Los lobos viven donde pueden, los pobres, para evitar que los matemos.

Después mi recuerdo se borra, tal vez algún otro niño reclamó su momento de protagonismo, alguien había visto otro ave, un nido quizá. Ahora solo me queda la memoria de una niña muy pequeñita, de cabellos dorados y ojos azules, de corta edad pero llevando ya todo el peso de la tradición occidental contra el lobo a sus espaldas. Y sobre todo me queda la frustración de haber conocido a Caperucita y no haber sabido contarle otra versión del cuento


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Acerca de Patricio Jiménez (163 Artículos)
Bloguero y divulgador de temas de naturaleza.

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